SHOW REVIEW

The Police, la gran epopeya del rock...

Presentación de The Police. Con Sting en voz y bajo, Andy Summers en guitarra y Stewart Copeland en batería y percusión. Apertura: Cuentos Borgeanos y Beck. Anteayer y ayer, en el estadio de River.

Sólo un par de llamadas bastaron para que Sting, Andy Summers y Stewart Copeland dejaran todo aquello con lo que se habían entretenido durante más de veinte años y volvieran a disfrutar de la gran epopeya del rock. Porque así como The Police marcó una época e hizo más llevadero el paso de los 70 a los 80, también marcó el pulso de esta temporada, signada por regresos sorpresivos.

Tras la vida corta pero contundente que tuvo el trío y que lo trajo por primera vez a Buenos Aires en 1980, sólo Sting con su carrera en solitario se mantuvo en la ruta del rock de estadios. Y a decir por el show de anteayer, en el Monumental de Núñez, el paso del tiempo sólo aportó canas y algún kilito de más. Contundentes, estos tres señores ingleses demostraron que no fue casualidad que hubieran inspirado a cientos de bandas: impecables, precisos, veloces cuando debían serlo, mantuvieron en éxtasis durante más de cien minutos a un público que estuvo entregado de principio a fin. Y le dieron lo que las más de 60 mil personas fueron a buscar: clásicos de la banda interpretados en sus versiones originales, sólo alterados por algunos pasajes instrumentales.

Luego del set de Cuentos Borgeanos, único telonero local, apareció en silencio Beck. Vestido de negro y con sombrero de bruja, tocó durante una hora para un público que prefirió visitar el puesto de merchandising a disfrutar del geniecillo de Los Angeles. Secundado por un sólido cuarteto de guitarra, bajo, batería y teclado-programación, se las ingenió para cumplir con su rol de invitado a pesar del típico sonido ''chiquito'' con el que debe convivir todo invitado a una fiesta que no es la suya.

Más allá de algunas pistas mal disparadas por el tecladista, Beck cumplió con creces con una lista que paseó por varios de sus discos y que logró desperezar a la gente gracias a los tracks más irresistibles de su repertorio: 'Pollution', 'Where It's At' y una versión cabalgada de 'Girl', que se entrelazó con el caos de 'Minus'. Hubo otro elemento que atentó contra su set: la luz diurna. Hacia el final y ya con la noche como marco, la ''bruja'' encontró un mejor ambiente para esparcir su pócima mágica.

Una hora exacta se sucedería entre el fin de Beck y el comienzo de The Police, tiempo suficiente para ver cómo se poblaban las plateas, el campo (los dos, el vip y el ''obrero'') e, incluso, allá lejos, la popular. Cerca, a unos 30 metros, aguardaba suspendida una cámara móvil, la que seguramente aportará algunas de las imágenes más impactantes del DVD de la gira. Porque de los dos shows porteños saldrá el recuerdo más logrado de la reunión. Pero nadie está dispuesto a esperar por esa edición. Todos quieren su pedacito de la historia. Así es que cuando sale el trío a escena se desatan dos pasiones: la de los fans dispuestos a cantar cada una de las canciones y la de los otros fans, los que sacan sus cámaras y sus celulares para registrar incesantemente imágenes de dudosa calidad. En el campo vip se distingue un público que va de los treinta y pico hasta 40 y tantos. Pero todos se convierten en una masa uniforme, cuando los tres magníficos suben al escenario.

Si durante años se lo interrogó a Sting acerca de una posible reunión de The Police, imaginen la espera de quienes lanzaron imaginarias botellas al mar con sus deseos en el interior. 'Message In A Bottle', sí, marcó el inicio de un viaje en el tiempo que, para sus protagonistas, tiene una época y unas coordenadas precisas, pero no así para los miles que están del otro lado. La música del trío nunca dejó de sonar en estas décadas y supo resistir los embates de los sintetizadores, el grunge, el rock alternativo...

Tres pantallas como telón de fondo devolverán en tamaño estadio a Sting, Summers y Copeland. A los costados, las dos pantallas de rigor y un par de paneles gigantes que van del piso al techo del escenario y que se encenderán en varios tramos del concierto. Arriba, una especie de visera curva une esos dos paneles e interactúa con ellos. Abajo están ellos, encerrados en un círculo lumínico, con la voz ubicada a la derecha del tinglado, la guitarra en el centro y la batería atrás. Luego, la manera de vivir el show de cada uno arrojará distintas respuestas de la gente. Sting sólo se aleja de su lugar en los pasajes más intensos, Summers se mantiene imperturbable en su sitio y Copeland despierta elogios en un público que lo ve golpear con energía sus parches y, por momentos, saltar desde su batería hasta un set de percusión (metales, tambores y hasta un gong ) sin que medien baches.

''Qué tal Buenos Aires'', saludará Sting tras el tema inicial y enseguida le pedirá a la gente que se exprese con mayor fuerza. Y eso sucederá inmediatamente: 'Synchronicity II' y 'Walking On The Moon' no darán respiro y compondrán un comienzo ideal. De allí en más nadie saldrá de la burbuja. Clásico en varios sentidos, el trío se comunica con la gente a la vieja usanza, incitando a la participación activa y valiéndose de tics balbuceantes, como ese juego de niños que se llama 'Do do do da da da' y, más tarde, el ''ie io ieooo'', para trazar un puente entre un lado y otro del escenario. Luego de amagar con 'Voices Inside My Head', arremeten con 'When The World is Running Down...' y luego con 'Don t Stand So Close To Me'. Ajustado y con su groove intacto, el trío prosigue con 'Driven To Tears', 'Hole in My Life' y 'Truth Hits Everybody'. Summers no se inmuta, Sting entrega algunas palabras en castellano entre tema y tema, y Copeland parece estar siempre al borde del colapso, con su boca siempre abierta y ojos enormes contenidos por sus anteojos.

Las herramientas son las históricas: el bajo viejo y estropeado de Sting es el de los días de esplendor; el logo de The Police parece haber estado por siempre en la batería, y las imágenes que acompañan la puesta (sobria, por cierto) representan las distintas etapas y discos del trío. Con 'Wrapped Around Your Finger' aparece el Copeland todo terreno, que alterna la batería con la percusión y que exagera sus movimientos para brindar esos trazos circenses que debe tener todo megashow que se precie de tal. Así como llega también el momento de la reflexión, el de detenerse a pensar sólo un instante que no todos la están pasando tan bien como nosotros: 'Invisible Sun' entrega imágenes de niños con sus ojitos perdidos, quizá mirando hacia un lugar más próspero que el que les tocó habitar. 'Roxanne' marca la primera despedida, pero no la última. Tras una extensa y conmovedora versión de 'So Lonely', 'Every Breath You Take' calma a las fieras y aporta el pasaje más almibarado del show. Se van, pero ya saben, habrá una más y será 'Next To You'. ''Argentina, adiós; queridos, muchas gracias'', dirá Sting como corolario y en representación del trío. Si las giras de retorno son las secuelas en la vida de toda gran banda, entonces los regresos son una parte fundamental de sus carreras. Ellos habrán comprobado que aún pueden rockear en estadios colmados; nosotros, que el tiempo no pasó en vano. Se llevó nuestros años, pero nos dejó bastante música como para recordarlos.

(c) La Nacion by Sebastián Espósito

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